Tus ideas cobran vida

Un Verano en el Hielo

Vorkutá una isla urbana

4 de septiembre de 2009

Siendo ya al final de la tarde cuando llegamos a esta ciudad, no hay posibilidad ninguna de pensar en organizar hoy el cruce con el helicóptero hasta nuestra zona de trabajo en el Norte de los Urales. Dado que el helicóptero sale de este aeropuerto al que hemos llegado, hubiera sido realmente una suerte haber podido volar hacia los Urales tras nuestra llegada a Vorkutá. Menos mal que nos dejan guardar en las instalaciones del aeropuerto todo nuestro equipaje. Además nos ponen un autobús a nuestra disposición para llevarnos desde el aeropuerto hasta la ciudad, donde tenemos que buscar alojamiento.
Vorkutá es una ciudad minera ártica, se encuentra a latitud N 67º 30’, es decir, dentro ya del círculo polar y en medio de la tundra.

Se creó como ciudad hace algo más de medio siglo, cuando el geólogo Chernov encontró una reserva grande de carbón, que actualmente sigue en explotación. Con motivo de esta actividad minera se ha construido una línea de ferrocarril desde Kotlas con 1000 kilómetros de longitud, para poder transportar el carbón, ya que se encuentra a 2200 kilómetros al norte de Moscú. Es una ciudad aislada del resto de Rusia, es esta línea de ferrocarril hasta Kotlas la única comunicación terrestre que tiene. De hecho con este tren se cruza toda la taiga y se entra ya en la zona de tundra para alcanzar Vorkutá. No hay carreteras, sólo las propias de la ciudad, nada más. Es una especie de isla urbana.

Así se percibía ya al llegar volando y eso sí, cuenta con un montón de explotaciones mineras a cielo abierto. El único posible medio de transporte terrestre para andar por los alrededores de la tundra y ciénagas, son los viejos vehículos orugas (tanques reconvertidos). Son los que utilizan en las expediciones de geólogos cuando tienen que trabajar en los alrededores. Y la otra posibilidad es la de enormes vehículos 6×6, de 3 ejes con ruedas sobredimensionadas, que les permiten salir airosos de los vadeos de los ríos y cruces de ciénagas en la tundra ártica.

Casi sin darnos cuenta comienza nuestra espera en Vorkutá para poder volar con el helicóptero hasta el Norte de los Urales, a nuestro glaciar. Deseando cada día que pasa que sea al siguiente cuando tengamos una ventana meteorológica para poder realizar el vuelo. Son unos 80 kilómetros los que separan Vorkutá de nuestra zona en los Urales y las condiciones meteorológicas son completamente diferentes con tan poca distancia. En los Urales se entra ya en zona montañosa y la meteorología propia de estos lugares complica el asegurar un buen tiempo en la zona. Por otro lado vemos que Vorkutá es una ciudad en le que predomina la lluvia, incluso de agua-nieve en muchas ocasiones, las nieblas bajas y el cielo cubierto la mayor parte de los días en verano.

El helicóptero necesita condiciones de vuelo apropiadas en los dos lugares… así nuestra espera se va haciendo más larga de lo esperado. Tenemos tiempo de recorrer la ciudad. Parece que el tiempo se ha detenido en ella, o que ese aislamiento urbano la ha dejado olvidada de los cambios del país, pues conserva un montón de símbolos de la antigua Unión Soviética. Entre el tiempo frío y lluvioso, las nieblas, las nubes y el carbón, es una ciudad gris. Al pasear entre sus calles da la impresión de haberse sumergido en un mundo en “blanco y negro”, sin color. Es una ciudad triste. Y como toda ciudad tiene sus palomas, que parecen haberse minado de esta tristeza. Se encuentran alineadas en las cornisas bajas y en las aceras junto a las paredes, con la cabeza baja, escondida… Para nosotros quedó como Vorkutá, la ciudad de las palomas tristes.

Visitamos también una parte de la ciudad del otro lado del río. Parece una ciudad fantasma, los edificios abandonados y medio destruidos por las inclemencias del tiempo. Es una parte antigua de la ciudad, ubicada junto a antiguas bocas de minas, que quedó deshabitada. Si el resto de la ciudad impresiona verlo porque los edificios no reciben ningún tipo de mantenimiento después de su construcción y tienen un aspecto viejo y casi abandonado, esta parte antigua y deshabitada es todavía más impresionante.

Nos sorprende también un día ver a un par de geólogos sacar del hotel unos cuantos pequeños contenedores de plomo muy pesados, para transportar isótopos radioactivos.

Adolfo se queda impresionado por el riesgo que ese tipo de transporte supone y que aquí los sacasen tranquilamente de la habitación del hotel al ascensor, como si fuera un equipaje cualquiera.
Otro de los días de espera, mientras paseamos por la ciudad vemos una persona atropellada en un paso de cebra. La habían matado y el vehículo había desaparecido. Inmediatamente nos acordamos de otro muerto que habíamos visto en Arkhangelsk, en este caso iba en bicicleta y había sido arrollado por un vehículo. En tan poco tiempo y estos dos casos que nos ha coincidido ver, no es una casualidad. Nos comentan que es un grave problema que tienen en Rusia con los accidentes de tráfico.

Malas carreteras, en general muchos vehículos viejos y poca atención y cuidado al conducir son las causas de esta situación actual que están tratando de reducir. Los días van pasando y las condiciones de vuelo del helicóptero siguen sin presentarse. Mañana será el quinto día ya de espera y como no podamos volar habrá que pensar en retirarse sin realizar la expedición. Tenemos que tener en cuenta que esta dificultad para llegar a los Urales la tendremos también cuando nos quieran ir a recoger. No quisiéramos perder nuestros billetes de avión de vuelta a Estocolmo y mucho menos que se nos acabe el visado para poder estar aquí en Rusia. Será una pena, todo el esfuerzo hecho hasta ahora, a tan sólo a 80 kilómetros del glaciar… y que tengamos que regresar sin poder hacer nada.

Imagen de Vorkutá

Imagen de Vorkutá

De Arkhangelsk a Vorkutá

4 de septiembre de 2009

La espera se prolonga otros dos días más, hasta que las condiciones meteorológicas
permiten que el avión vuele de Franz Josef Land a Murmansk y de ahí a Arkhangelsk.
Estamos ya con toda la carga en el aeropuerto, más de 300 kilos repartidos en 16
bultos grandes y otros 3 pequeños. En dos viajes llevamos todo el material desde el
coche hasta el avión.
Se trata de un avión de carga, bimotor a hélice, con el timón muy alto, parecido a
nuestros aviones Casa. Cuando llegamos nosotros tenían la parte de atrás abierta y
estaban terminando de cargarlo. Colocamos nuestro material donde nos indican y les
ayudamos a terminar con la carga que ellos están haciendo.
Entramos y nos sentamos en una plancha metálica que a modo de asiento nos colocaron
en un rinconcito de la parte delantera que quedaba libre de carga. El avión está
completamente cargado, de hecho no podemos ni extender las piernas. En el centro
llevan un depósito enorme de combustible, el cual les da autonomía para volar largas
distancias.
Sentados como podemos pasan dos horas de vuelo y el avión aterriza en Narian-Mar.
Paramos una media hora, lo justo para descargar completamente el avión. Lo único que
queda en el interior es el depósito de combustible y… nuestro equipaje, ¡claro!
Se nota que hemos subido de latitud, el viento es más frío y la lluvia que cae es
casi agua-nieve. Embarcamos de nuevo. Ahora tenemos todo libre en el interior del
avión, aunque seguimos sentados en la plancha metálica por lo menos podemos estirar
las piernas. Otras dos horas y llegamos a Vorkutá. ¡Por fin!, ya estamos aquí con
las sondas y todo el material.

Esperando el avión

3 de septiembre de 2009

En tres días tiene planeado el avión llegar a Arkhangelsk y de ahí continuar hasta
Vorkutá con nosotros. Actualmente se encuentra en la base ártica rusa Nagurskaia de
Franz Josef Land, en el paralelo 81ºN de latitud. El plan de vuelo es de Franz Josef
Land a Murmansk en la Península de Kola, donde hace una escala y continúa hasta
Arkhangelsk. Ahí de nuevo hace escala para recogernos. Volamos entonces a Narian-Mar
donde dejan toda la carga que transportan y continuamos hasta Vorkutá.
Durante estos días de espera nos juntamos nosotros cuatro con otros dos amigos más
de la Antártida, Sergei y Alex. Son todos ellos – Sasha también- del equipo de Oleg,
y los conocemos de nuestras estancias en la Antártida, en la Base Rusa
Bellinsghausen. Alex y Sergei viven cerca de Arkhangels, así que todos juntos vamos
a visitar un museo muy especial que está en una colina a las afueras de la ciudad.
Se trata del museo Malie Kareli, a cielo abierto. En una amplia extensión de terreno
han recogido y agrupado por regiones, construcciones de diferentes épocas. Hay
viviendas, cuadras, almacenes, cobertizos para secar el grano, molinos de viento, de
agua, saunas –las dos variedades, la blanca sin humo y la negra con humo en el
interior-,… todo construido en madera al estilo siberiano, con los troncos cruzados
sin necesidad de utilizar clavos, ni ningún tipo de masa de unión, simplemente los
troncos de madera. Son construcciones de los
últimos siglos… hay algunas incluso del mil seiscientos, y se conservan
perfectamente. La madera no ha sido tratada de ninguna manera, con ningún producto
y ahí están en perfecto estado como si acabaran de ser construidas. ¡Qué increíble!
Al ver estos poblados tan integrados en la naturaleza, pienso en el contraste tan
grande que existe entre esa forma de vida y la que tenemos hoy en día. Extensiones y
extensiones cubiertas de asfalto, enormes edificios, vehículos circulando por todos
los rincones… No es de extrañar que nos encontremos en una sociedad tan llena de
estrés, tan acelerada, con tanta prisa. ¡Qué contraste! La tranquilidad y paz que
emanan todavía de estas viviendas…
Pasan los tres días que teníamos de espera para la llegada del avión, y nos toca
seguir esperando. El vuelo se cancela por las condiciones meteorológicas que hay en
el norte, entre Franz Josef Land y Murmansk. Una borrasca azota esta parte del
Océano Glaciar Ártico. Así es la logística en las regiones polares, la espera por
las ventanas meteorológicas y la incertidumbre están a la orden del día.
En esta espera llega el cumpleaños de Adolfo. Cumpliendo los años en agosto y
trabajando en regiones polares tiene una colección variada de lugares del Ártico
donde le ha tocado pasar ese día. En esta ocasión, según los planes iniciales, los
cumpliría en el Norte de los Urales, pero no ha sido así, le toca en Arkhangelsk.
Nuestros amigos rusos han preparado un día especial para celebrar este 75
cumpleaños. En el barco de Sasha nos juntamos todos y vamos hasta una islita, no muy
lejana, en el Mar Blanco. El tiempo es excepcional, el sol brilla en el cielo y la
temperatura es elevada. En la isla hacemos una barbacoa y organizamos un magnífico
picnic. Brindamos a la salud de Adolfo y le regalamos un reloj de un barco,
incrustado en un timón de madera y todo ello con forma de ancla. Debajo el nombre de
la ciudad Arkhangelsk escrito en cirílico. Seguro que no olvidará este día.

Adolfo Eraso

Adolfo Eraso

Buenas noticias

3 de septiembre de 2009

Oleg nos da dos buenas noticias. Viendo que la situación con las sondas en la aduana quedaba como paralizada, ha tocado alguno de sus contactos… y todo solucionado. En dos horas más los aduaneros liberarán el instrumental y seguirán su camino de San Petersburgo hasta Arkhangelsk. ¡Fantástico! Al menos la espera mereció la pena.
Podremos dejar las sondas instaladas este año almacenando ya datos desde ahora.

Y, ¿cuál es la segunda buena noticia? Ha solucionado el problema logístico del tren que se nos plantea ahora al tener que dejar los billetes inicialmente reservados. El no poder ir todos juntos en un único compartimiento hace que no podamos transportar todo el material con nosotros. No nos quedaba más alternativa que reducir el material de expedición y viajar separados en compartimientos diferentes. Se acabó ese problema también. Ha conseguido que nos lleven en un avión.

Y no es un avión cualquiera, ninguna línea regular hace ese cruce. ¡Increíble! Además nos llevarán directamente desde Arkhangelsk hasta Vorkutá sin tener que desplazarnos primero en coche hasta Kotlas para poder coger ahí el tren. Felices con esas buenas noticias recogemos las cosas de la acampada del fin de semana y de nuevo en el barquito de Sasha rumbo a Arkhangelsk. Embarcan también con nosotros los cuatro radio-operadores con todo su material.

De camino en el barco, contemplando el paisaje desde la cubierta, mi mente recorre de nuevo los problemas y las dificultades de los últimos días y va dejándolos atrás. Poco a poco se convierten en pasado y el futuro es ahora prometedor. Pienso también en el fin de semana que hemos tenido, ¡ha sido precioso!, el viaje en este barco tan especial, la tranquilidad de la isla, las enormes playas, los preciosos atardeceres…y el broche de oro: la solución de los problemas que habían surgido.

Sonrío al pensar en todo ello. Me invade una alegría interior muy especial… estamos próximos a comenzar una nueva expedición. Como dijo la madre de Oleg: “es como un cuento que termina con un final feliz”.

Excursión al mar blanco

2 de septiembre de 2009

Llega el fin de semana y con él parada en los trámites de la aduana. Para relajarnos un poco de la difícil situación que se ha creado con la espera de la liberación de las sondas y la complicación de la logística, nuestros amigos nos preparan una excursión por el Océano Glaciar Ártico, en la barca que tiene Sasha… ¡Genial!

Ártico

Ártico


Aprovecharemos también para probar algo del material que hemos tenido que comprar, entre otras cosas las tiendas de campaña, verificando así que todo estará a punto para la expedición.

Todo listo, a las 5:00 de la madrugada nos levantamos y nos ponemos en marcha. La predicción meteorológica parece que va a acompañarnos, se esperan temperaturas altas y un fin de semana soleado. Llegamos al puerto de Arkhangelsk donde Sasha tiene su barca, y… ¡vaya sorpresa!, es un barquito bastante grande, como si fuera un pequeño barco pesquero. De aluminio, de lejos parece un barco militar de defensa.
Subimos los cuatro al barco… ¡ah!, y uno de los perros que tiene Sasha.
Por el enorme río Dvina que pasa por Arkhangelsk nos ponemos en marcha, rumbo al Norte, a la isla de Mudiogski en el Mar Blanco. Son unos 47 kilómetros de recorrido y estiman unas 5 ó 6 horas de navegación, según el viento que tengamos.

La temperatura es realmente agradable, de manera que viajamos en la cubierta observando cómo vamos dejando atrás la ciudad, sus fábricas con sus enormes chimeneas… la grandísima contaminación. Poco a poco van apareciendo a nuestro estribor orillas de bosques de tundra y a babor la enorme extensión del Mar Blanco.

Alcanzamos la isla de Mudiogski, pero no nos detenemos todavía, continuamos avanzando. Nuestro destino se encuentra próximo al faro de la isla. Es una enorme torre de 42 metros de altura que comenzaron a construir los frailes en 1070 y tardaron 6 años en terminarla.
A este faro han venido durante 4 días un grupo de radio-operadores. Al parecer este fin de semana tienen una competición y este grupito ha venido hasta este lugar para tratar de conseguir 3000 contactos con otros radio-operadores de todo el mundo. Esta cifra de 3000 es uno de los record bastante habituales que entre ellos se suelen proponer conseguir. El faro es un buen lugar para ubicar en lo alto la antena y resulta también que entre ellos son bastante apreciadas las operaciones realizadas desde los faros.

Resulta que Oleg es también un radio-operador y uno de los mejores de Rusia, altamente cualificado. En la Base Rusa de Bellinsghausen hemos podido comprobar cómo año tras año ha ido haciendo maravillas y el sistema de comunicación que ahora tienen allí implementado permite conexión con cualquier rincón del mundo, simplemente orientando una antena con el ratón del ordenador. De manera que durante este fin de semana Oleg se turnará con ellos algunas horas y se unirá a ese intento de conseguir los 3000 contactos.

Nuestra amistad con Oleg viene del año 2000 en la Antártida, cuando nos conocimos. Era el jefe de la Base Rusa Bellinsghausen y allí llegamos nosotros a trabajar invitados por la 45 RAE (Russian Antarctic Expedition) para comenzar a medir la descarga glaciar en el casquete Collins de la Antártida. A partir del 2000 hemos coincidido cada año en la Base Rusa Bellinsghausen, ya que él continuaba de jefe de la misma y nosotros acudíamos cada verano austral para continuar con nuestra investigación.

Hace 3 años Oleg dejó la jefatura de esta base rusa y pasó a Ciudad del Cabo en Sudáfrica, como jefe de logística del ALCI de la Antártida Oriental –la gran Antártida-. Se trata no sólo de la logística rusa, sino del consorcio de países del tratado antártico que tienen bases en esta parte de la Antártida (Queen Maud Land y
Oasis Shermachera). Esta parte de Oasis Shermachera se descubrió en 1938 durante la expedición “Novaia Nimiskaia Zemla” (Nueva Tierra Alemana), donde actualmente están entre otras las Bases Neumayer (Alemana), Novelazarevskaya (Rusa) y Maitri (India).

Los vuelos se realizan desde Ciudad del Cabo hasta el aeropuerto que sobre el hielo tienen en la Base Rusa Novolazarevskaya. Oleg es todo un personaje, tiene una gran cantidad de contactos a nivel de logística en regiones polares y es el nos ha ayudado a organizar esta expedición. Evidentemente movernos solos por estas zonas del Ártico Ruso hubiese sido imposible.

Pasamos un fin de semana tranquilo y relajado, logramos olvidarnos un poco de la difícil situación que tenemos para el desarrollo de la expedición. Las playas de la isla son enormes, kilométricas, el sol luce prácticamente todo el tiempo en el cielo azul. Tengo tranquilidad y espacio suficiente para correr por la arena todo lo que quiero. Nos bañamos en el agua del Mar Blanco, al finalizar el día encendemos una hoguera en la playa para cocinar. Es muy fácil encender aquí el fuego utilizando la corteza del abedul. Sentados en la playa con la hoguera encendida contemplamos el largísimo atardecer a las 23:00 horas. Un color anaranjado intenso que debido a la latitud, se mantiene casi una hora. A penas se esconde el sol en el horizonte y vuelve de nuevo a comenzar su ruta un nuevo día.

Las dachas rusas

2 de septiembre de 2009

Tenemos que esperar. Les “toca mover ficha” a los de la aduna. Aprovechamos el tiempo para terminar de comprar el material que hace falta para la expedición. Menos mal que estamos con Oleg y Sasha que conocen todos los sitios donde es posible encontrar lo que buscamos. Una vez listo y empaquetado todo quedamos sólo a la espera de la liberación de las sondas.

Nos llevan a la dacha –casa de campo- que tiene la madre de Oleg en un pueblecito cercano a Novodvinski. Son casas de madera pequeñas, con una parcelita alrededor también pequeña, pero muy bien aprovechada para la huerta con hortalizas, verduras, fresas, flores… El río pasa cerca de esta zona.Dacha rusa

Característico de las dachas es el servicio que se ubica en el exterior, en un rincón de la huerta. Se trata simplemente de un hoyo en el suelo, cubierto en una especie de caseta también de madera. No tienen agua en las casas, la suelen llevar en cubos de alguna fuente próxima. Lo que sí tienen es un pequeño lavabo sobre el que han instalado un pequeño recipiente –suele ser una olla- con un agujero para poder abrir y cerrar y permitir que un chorrillo de agua les caiga sobre el lavabo.

Es también propio de las dachas, la sauna, que suelen tener en otro rinconcito del terreno que tienen alrededor. La calientan con leña que ellos mismos talan de los bosques de la taiga que los rodean.

Hablo bastante con Luba y me comenta la diferencia de temperaturas que tienen del invierno al verano. Pasan de -40ºC a cerca de los 30ºC en algunos días contados en época estival. En invierno por supuesto, todo cubierto de nieve y hielo y el otoño suele ser una época de bastante lluvia. Por eso en la primavera la gente comienza a preparar la tierra, a sembrar y en el verano a disfrutar de los jardines con sus flores y a recolectar después los frutos y verduras. Además hay que tener en cuenta que en esta zona estamos casi dentro del círculo polar y ello indica que tienen una noche larga en invierno y luz durante casi todo el día en verano. La vida que llevan es por tanto muy diferente de unas estaciones a otras.

Es típico encontrar estas casas antiguas de madera, completamente inclinadas o en parte. Es debido al soporte que tienen debajo, se trata de permafrost, es decir, suelo permanentemente helado. ¿Qué ocurre? La parte más superficial de la tierra comienza a deshelarse un poco en verano, para volver a congelarse después, y así una y otra vez año tras año. Al construir las dachas, que las hacen ellos mismos, la gente no tiene suficiente dinero para hacer unos buenos cimientos y queda el soporte en la parte más alta. Así, cada año, el hielo y deshielo de la tierra va moviendo las casas y produciendo estos asientos diferenciales claramente visibles. Lo mismo pasa en las carreteras, son malísimas, están llenas de baches enormes por esa misma razón. Necesitarían tal mantenimiento que no pueden permitirse ese lujo.

Se complica la situación

1 de septiembre de 2009

De Arkhangelsk, Sasha nos lleva en su coche a Novodvinski, una pequeña ciudad
próxima, donde vive la madre de Oleg. Allí estaremos nosotros alojados hasta que
salgamos a los Urales. Por el camino voy observando los ríos. Continúan con el agua
color pardo negruzco, pero algo más oscura todavía que en los del Ártico Sueco. Y
eso sí, son mucho mayores y mucho más caudalosos.
A la entrada de Novodvinski hay una enorme pancarta en la que leo: “Aniversario de
la ciudad, 30 años”. Sorprendida de que sea una ciudad tan joven, le pregunto a
Sasha y me explica cómo surgió. Antes había un pueblo, pero hace 30 años se
construyó la ciudad ya que se creó la industria papelera más grande de Europa.
Llegamos a casa de Luba, la madre de Oleg. Una mujer encantadora, pendiente en todo
momento de lo que pudiéramos necesitar, pero muy discreta para no molestar… Me
recuerda a mi madre y tengo la sensación de estar en casa. Qué agradable es tener
amigos por todos lados y sentirse acogido cuando estás fuera de tu casa, de tu
gente, de tu país.
Por la noche cuando llega Oleg nos juntamos los cuatro y hablamos sobre la situación
que se ha creado con las sondas y su retención en la aduana de San Petersburgo. Han
vuelto a pedir más documentación. Es algo ya absurdo, parece el cuento de nunca
acabar. Se va a meter el fin de semana por medio y va a quedar todo paralizado. En
caso de que los liberaran finalmente al entregar toda esa documentación que piden
ahora, tendrían después que enviarlos de San Petersburgo a Arkhangelsk. Y con un
calendario delante, calculando tiempos, vemos que perderíamos los billetes de tren
que tenemos para continuar nuestra aproximación a los Urales. Debemos ir primero
desde Arkhangelsk hasta Kotlas en coche (8 horas) y de ahí a Vorkutá en tren (24
horas). Desde Vorkutá nos aproximarán al glaciar en el que planeamos trabajar al
Norte de los Urales en un helicóptero. Ha conseguido Oleg gestionar ese vuelo.
Como nos juntaremos con unos 300 kilos de equipaje para los cuatro, habían sacado
los billetes con tiempo suficiente reservando un compartimiento entero, que es para
seis personas. Esto nos permitirá poder controlar juntos a nosotros todo el material
que necesitamos transportar.
El tener que renunciar ahora a esos billetes de tren trae otras consecuencias.
Significa que nos tocará ir a los cuatro en compartimientos separados, cada uno de
nosotros intercalado donde haya algún hueco libre. Imposible poder transportar así
la totalidad del equipaje que tenemos que llevar.
Con la nueva realidad analizada, tenemos dos opciones. Una, no renunciar a nuestros
billetes de tren y salir según los planes previstos, pero sin las sondas que
quedarían en la aduana retenidas. Esto implicaría cambiar los objetivos de la
expedición. Olvidarnos de instalar la estación de medida en esta ocasión y reducir
el trabajo de exploración de la zona, seleccionando el glaciar y el lugar idóneo
para tratar de hacer la instalación otro año.
La segunda opción que tenemos es olvidarnos de la reserva del compartimiento del
tren, esperar en Arkhangelsk algunos días más y tratar de conseguir que nos
entreguen las sondas los de la aduana. Después, reducir el material a llevar a la
expedición para poder transportarlo en el tren, dispersos, cada uno donde tengamos
un hueco libre. Al reducir el material a llevar, tendríamos que reducir también
objetivos de la expedición. Seguramente olvidarnos de las exploraciones en el
glaciar y de la campaña de aforos. Nos limitaríamos a realizar la instalación de las
sondas.
Pensando todos juntos y considerando las opciones que tenemos, elegimos la segunda.
Sería la más interesante, ya que al menos las sondas quedarían ya registrando datos
desde este verano. Se completarían los trabajos otro año en una próxima expedición
que se pudiera organizar. Pero esta segunda opción lleva arraigado otro riesgo.
Esperamos algunos días a ver si conseguimos que nos liberen las sondas de la aduana…
Pero no está nada claro que se vaya a conseguir, ya que después de haberles pagado
una suma de dinero que alcanzó la mitad del valor de las sondas, la cantidad de
documentos que están pidiendo es absurda.
Decisión tomada, nos pasamos la noche preparando la documentación solicitada. Entre
ella, algo tan absurdo como la traducción del inglés al ruso de los manuales de las
sondas, donde se indican todas las características técnicas de las mismas, cómo
operan, cómo instalarlas… ¡En fin, veremos qué pasa!

De Estocolmo a Arkhangelsk

21 de agosto de 2009

La siguiente operación es separar el material que vamos a llevarnos a Rusia. Será lo mínimo, la ropa de cada uno, los sacos de dormir y los aparatos electrónicos. El resto del material se comprará en Rusia, sino con la cantidad de kilos que tendríamos que pagar por exceso de peso, pagaríamos dos veces ese material.

Las noticias que tenemos de nuestros amigos rusos sobre las sondas que deberían de llegar allí directamente de Alemania, siguen sin ser nada alentadoras. En la aduana de San Petersburgo continúan pidiendo más y más documentación. Nos hacemos a la idea de la nueva situación y hay que empezar a cambiar los planes. Tendremos que reducir los objetivos de esta expedición, olvidarnos de realizar en esta ocasión la instalación de la estación y la campaña de aforos, y quedarnos simplemente con la parte de exploración. Reconocer bien la zona y los glaciares preseleccionados como posibles donde trabajar y organizar una nueva expedición otro año para montar la estación de medida.

Coche guardado en Estocolmo y un primer avión hasta San Petersburgo. A la salida del aeropuerto nos para la policía. Todo el mundo viaja con sus maletas habituales y nosotros con nuestras sacas de material, que marcan claramente una diferencia no habitual.

- “¿Qué lleváis ahí dentro?”, nos interroga en ruso.

Me defiendo en este idioma y puedo responderle:

- “Somos glaciólogos, se trata de una expedición a los Urales”   

Río Bela en los Urales 

Señalando a Adolfo, agrego: “Él es académico de la Academia Rusa de Ciencias Naturales”. Entonces Adolfo saca sus credenciales de académico para mostrárselas. Un díptico de 12 x 6 cm aproximadamente, forrado en cuero rojo todo el exterior. Con el águila bicéfala imperial rusa estampada en oro y debajo escrito en cirílico el nombre de la Academia.

En nuestras expediciones a la Antártica a la Base Rusa Bellinsghausen, habían bromeado muchas veces nuestros amigos rusos con este carné. Le decían a Adolfo que si lo enseñaba tapando el nombre de la Academia al agarrarlo, el resto era muy similar a las credenciales que antiguamente tenían los agentes de la KGB.

Adolfo saca su carné ahora de esa manera para enseñárselo al policía, y no le dio tiempo ni a abrirlo. “¡Adelante, adelante!”, dice, “¡Qué vaya todo bien en la expedición!, ¡Mucha suerte!”.

Pasamos la noche en San Petersburgo, no había posibilidad de combinar los dos vuelos en el mismo día en este viaje de ida. Al entrar de nuevo en el aeropuerto al día siguiente, nos pasan las sacas por el escáner, fruncen el ceño, nos mandan apartar a un lado, las vuelven a pasar por el escáner… Tanto material electrónico, numerosos cables de conexión, cargadores, varillas para el aforador… no son nada frecuentes y alertan al personal. Hay que actuar. De nuevo la operación de las credenciales de académico produjo un resultado inmediato.

Subimos a un pequeño avión Tupolev y rumbo a Arkhangelsk, otra vez al Norte. Allí nos está esperando Sasha, uno de los rusos que vendrán con nosotros a la expedición a los Urales. Toda una alegría volver a juntarnos. La última vez nos habíamos despedido en la Antártida. El otro colega que nos acompañará, Oleg, llegará por la tarde desde Ciudad del Cabo, donde trabaja coordinando la logística de la Antártica Oriental.

Secando el material poco a poco por el camino

21 de agosto de 2009

A pocos kilómetros de Nikkaluokta, junto a un río de montaña, hacemos una paradita. Aquí no llueve y tenemos que empezar a secar algo el material que hemos recogido del campamento completamente mojado, hay también que recolocar la carga en el coche, ya que fue hecha muy rápidamente al bajar del helicóptero, simplemente para retirar todo de la zona de operaciones del mismo. Es tanto el material que transportamos que es necesario un acomodo concienzudamente hecho para que encaje todo perfectamente en el coche, ocupando el mínimo espacio posible y utilizando todos los huecos que haya por pequeños que sean.

Mientras comienzan a secarse un poco las cosas, extendidas en la hierba al lado del bosque, aprovechamos para darnos un baño en el río y cambiarnos la ropa mojada. En nuestro viaje de ida, antes de subir a la zona de los glaciares a trabajar, cuando llegábamos aquí desde España, el agua de este río de montaña parecía fría…, ahora después del agua a casi 0ºC donde hemos tenido que trabajar, parece que son casi aguas termales. Es increíble lo rápido que se acostumbra el cuerpo humano a las condiciones que tiene en su entrono.

Comienzan unos nubarrones a aparecer y rápidamente la lluvia va acercándose. ¡Vaya!, parece que nos persigue. Recogemos todo al coche de nuevo, no ha sido mucho tiempo pero por lo menos se ha aireando un poco. Nos ponemos en marcha hacia Estocolmo, tenemos algo menos de 1500 kilómetros ya que debemos cruzar Suecia longitudinalmente. Son ya las 19:00, pero algo avanzaremos antes de dormir. De Estocolmo volaremos a la ciudad rusa de Arkhangelsk para comenzar con la segunda parte de la expedición, en este caso al Norte de los Urales, en la frontera entre la Rusia Europea y Siberia.

Alcanzamos unos rayitos de sol… ¡qué gusto verlo de nuevo! Pero, qué poco nos dura, nos alcanzan las nubes enseguida. Salimos del círculo polar, 66º 33’ de latitud.

A la hora de dormir la lluvia nos visita de nuevo… ¡Qué lástima! Yo tenía la ilusión, antes de acostarme, de poder extender al aire un poco el saco de dormir para que se le fuera yendo la humedad, pero vamos a tener que esperar para eso.

Al día siguiente continuamos nuestro viaje en coche y según vamos avanzando hacia el sur, en lugar de encontrar el sol esperado, es la lluvia la que nos acompaña. Realmente da la sensación que somos nosotros los que la arrastramos a lo largo de Suecia.

Tenemos que aprovechar algún ratito por el camino, cuando no llueve, para ir secando poco a poco el material. Durante nuestra estancia en los Urales va a quedar recogido el coche en Estocolmo y no podemos dejar todas las cosas durante un mes con tanta humedad. Vamos aprovechando cualquier momento en que la lluvia cesa y si es posible con sol abriéndose paso entre las nubes, para poder secarlo más rápidamente. Cualquier lugar es válido, un área de descanso en la carretera, algún escampado en el bosque… sencillamente donde coincida.

Habíamos dejado un margen por si el helicóptero no podía aterrizar el día previsto debido a las condiciones meteorológicas, y como todo salió según los planes iniciales, contamos ahora con un día y medio de margen.

A unos 250 kilómetros de Estocolmo dejamos la carretera de la costa para adentrarnos un poco por el interior, moviéndonos por carreteras más pequeñitas y durante el tiempo que nos queda terminar con la operación de secado. Nos acercamos a Ockelbo, un pequeño pueblecito, muy bonito y típico del interior de Suecia. Por la carretera principal de la costa se ven los bosques continuos de taiga, es decir, la selva fría pre-ártica con abedules y abetos sobre todo. En esa continuidad de vegetación parece que sólo están habitadas las ciudades más o grandes que van apareciendo de vez en cuando por la carretera. Sin embargo al adentrarse por las carreteras del interior, uno se sorprende de los pueblos que hay y la extensión de casas con sus fincas alrededor libres de taiga.

Me llaman la atención los ríos con el agua tan oscura que llevan. No es que transporten sedimentos como ocurre en nuestras crecidas, sino que esta agua tiene un color translúcido pardo-negruzco.  Adolfo me explica que es debido al tanino y otros ácidos húmicos que se generan en los suelos y humedales de la taiga donde son frecuentes las turberas.

Transcurre el día tranquilamente y logramos finalmente dejar todo seco. Termina al mismo tiempo esta etapa de tránsito, intermedia y comienza una nueva expedición.

Final de la expedición al Ártico sueco

21 de agosto de 2009

Entre cabezada y cabezada, saliendo a controlar que el nivel de agua de la laguna no alcance nuestras tiendas, pasan las horas. Llega la madrugada y se sigue oyendo la lluvia al golpear las tiendas de campaña. Cuando está así desapacible fuera y dentro del saco de dormir se siente este picoteo del agua en la tienda, suele ser una sensación muy placentera. Se aprecia y se valora el pequeño entorno que has logrado crear a tu alrededor, como una especie de burbuja tranquila en medio de un medio hostil. Pero en este momento no es la situación más deseada. Hay que terminar de empaquetar material, recoger las tiendas de campaña y sería deseable que al menos la lluvia hiciera una parada.

La niebla está alta y si se mantiene así el helicóptero podrá aterrizar sin problemas. Comenzamos a empaquetar el resto de cosas que quedaban pendientes y según vamos recogiendo lo último, la lluvia va cesando poco a poco. Contenedores, mochilas, sacas… todo listo a las 12:00, con margen de tiempo suficiente para la llegada del helicóptero. Nos acercamos a echar una última ojeada a la estación. El río está impresionante. Unas últimas fotos, algunas tomas más de video… una especie de despedida de nuestra estación.

vuelo

Puntual a las 14:00 horas aparece por el valle el helicóptero. Aterriza, baja el piloto, sonríe al vernos bien aunque empapados y comenzamos a subir la carga al helicóptero. Nos acomodamos y en un abrir y cerrar de ojos dejamos atrás nuestra zona de campamento y la estación de medida. Sobrevolando el valle abajo, la imagen del río en la crecida es impresionante. El piloto se ve obligado a arrimarse a uno de los lados del valle, debido a los fuertes vientos que hay.

Llegamos a Nikkaluokta, aterrizamos, descargamos todo el material, lo subimos al coche y de nuevo en ruta.

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