Antonio Martín/DICYT La Tierra recibe exclusivamente energía del Sol. Para que mantenga su temperatura, ni se enfríe ni se caliente, el balance de salida y entrada de esta energía debe estar equilibrado. Si por algún motivo, existe alguna variación, se produce un fenómeno conocido como forzamiento radiativo. El estudio en torno a concepto "está de moda", apunta el físico de la Universidad de León, Roberto Fraile, "porque está muy asociado al cambio climático". Un equipo científico coordinado por Fraile ha realizado un análisis de un incendio ocurrido en la comarca de Laciana como banco de pruebas para conocer, a pequeña escala, cómo se comporta la atmósfera ante un forzamiento negativo muy fuerte, esto es, cuando se refleja gran cantidad de radiación.
Un forzamiento positivo tiende a calentar el sistema (más energía recibida que emitida), mientras que uno negativo lo enfría (más energía perdida que recibida). En el primer caso, es lo que ocurre, por ejemplo, con los gases de efecto invernadero. El segundo también puede ser perjudicial para el equilibrio térmico del planeta. En 1816, la erupción del volcán Tambora (en la actual Indonesia) provocó efectos terribles en el clima: un año sin verano y la pérdida de cosechas en el Hemisferio Norte, lo que ocasionó una gran hambruna. Los investigadores del Departamento de Química y Física Aplicada han determinado que el incendio a estudio, ocurrido el 6 de septiembre de 2000 en Villablino (noroeste de León) produjo un forzamiento radiativo negativo muy localizado hasta 25 veces mayor que el que produjo el volcán indonesio en el año sin verano.
En este caso, el forzamiento radiativo negativo en Villablino alcanzó entre 80 y 67 vatios por metro cuadrado, mientras que en año sin verano, se alcanzó 3, pero a nivel global. "Son datos muy interesantes, por la capacidad de estudio a pequeña escala", indica Fraile. Los investigadores estaban estudiando el comportamiento producido por los aerosoles (partículas suspendidas en un gas) en incendio, producido en un valle de montaña. En concreto, analizaban partículas por debajo de diez micras (millonésima parte de un metro). Sin embargo, en el transcurso de la extinción del incendio forestal, se produjo un fenómeno meteorológico interesante.
Durante el incendio se produjo una inmersión térmica, esto es, se invirtió el orden de las capas de temperatura. Normalmente en el extremo de la troposfera que está en contacto con el terreno hace más calor y conforme vamos subiendo, baja la temperatura, pero puede ocurrir que una capa caliente se intercale. "Esto genera una serie de problemas desde el punto de vista de los aerosoles", subraya Fraile. Durante el incendio que se produjo cerca de Villablino, en un momento dado se produjo una inmersión térmica, por lo que el humo se quedó estancado en el valle. Este fenómeno es "relativamente frecuente", uno de cada diez días se puede producir de forma natural. En este caso, como el humo se quedó paralizado, los aerosoles empezaron a unirse por condensación y a crecer en su tamaño. En Laciana, se pasó de 0'13 micras a 0'20 en tres horas, "algo extraordinario". Desde el punto de vista del forzamiento radiativo, si las partículas son más grandes, se impide que entre la radiación.
Efecto muy intenso y localizado
"Desde el punto de vista de la intensidad, el forzamiento es mucho mayor en un incendio, salvo que estemos en el centro de un volcán", indica el experto. En un radio de unos cientos de metros, el forzamiento es "muy superior", sin embargo, "se disipa pronto". Unos kilómetros más allá apenas hay efecto. El volcán, al echar hacia el exterior más cantidad de masa, se distribuye por el espacio y es más extenso. También tiene más repercusiones para la atmósfera. En este caso, el forzamiento radiativo negativo en Villablino alcanzó 80 y 67 vatios por metro cuadrado, refleja un artículo recientemente publicado en Journal of Geophysical Research-Atmospheres. El estudio revela se produjo una gran absorción de la radiación solar en la atmósfera, similar al albedo que ofrecía el océano Atlántico en esos momentos.