Ciencia España , Salamanca, Martes, 03 de febrero de 2015 a las 19:00

Investigan los mecanismos que usa el cerebro para detectar las amenazas ambientales

El prestigioso neurocientífico Carlos Belmonte ofreció una conferencia en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León (INCYL) de la Universidad de Salamanca

JPA/DICYT Carlos Belmonte, uno de los neurocientíficos españoles más prestigiosos, ha ofrecido hoy una conferencia en el Instituto de Neurociencias de Castilla y León (INCYL) de la Universidad de Salamanca en la que ha explicado parte de su trabajo, que consiste en averiguar cómo el cerebro detecta amenazas del exterior y las transforma en sensaciones de malestar o dolor para poder darles respuesta. A través del análisis minucioso de estos procesos, los investigadores pueden llegar mejorar los tratamientos para el dolor.

 

Ganador del prestigioso Premio de Investigación Rey Jaime I, Carlos Belmonte estudia en el Instituto de Neurociencias de Alicante “los mecanismos por los que detectamos los cambios en el medio ambiente, en particular, los que son potencialmente peligrosos para nuestro cuerpo”, ha explicado en declaraciones a DiCYT.

 

Su interés está focalizado en cómo las neuronas del sistema nervioso periférico detectan alguna novedad en la superficie del cuerpo y ponen en marcha la maquinaria necesaria para avisar al cerebro de que está ocurriendo algo importante. Así se genera sensación de dolor o malestar ante todo tipo de situaciones de riesgo: un golpe físico, un cambio de temperatura intenso, sequedad en la boca o un irritante químico, entre otras.

 

Las terminaciones nerviosas detectan estas novedades y “transforman esa forma de energía física o química en impulsos nerviosos, es decir, en el lenguaje que utiliza el cerebro para comunicarse”, señala el experto. Los científicos del grupo de Transducción Sensorial y Nocicepción de la Universidad de Investigación Celular y Sistemas Neurobiológicos del Instituto de Neurociencias de Alicante analizan este proceso de “traducción” a nivel molecular y celular. Lo que está ocurriendo es que unas proteínas, llamadas “canales iónicos”, se modifican estructural y funcionalmente, dando lugar a las señales eléctricas que puede leer el cerebro.


Tratar el dolor


Aunque “el conocimiento salta donde menos se le espera en términos de aplicaciones”, apunta Carlos Belmonte, reconoce que su línea de investigación puede utilizarse en la búsqueda de terapias contra el dolor. “Es obvio que si somos capaces de controlar en el primer escalón los estímulos que generan dolor o sensaciones desagradables, el tratamiento para estas molestias pasa por silenciar o acallar un poco estos receptores”. De hecho, “los fármacos que más utilizamos como analgésicos, antiinflamatorios no esteroideos, la aspirina o el paracetamol, actúan reduciendo esas señales”. Para avanzar en este campo, “nosotros intentamos ser muy selectivos y separar qué proteína es la responsable de cada estímulo doloroso para después poder silenciarla”.

 

Carlos Belmonte fue durante varios años director del Instituto de Neurociencias de Alicante, un centro mixto del CSIC y la Universidad Miguel Hernández de Elche que en 25 años de existencia se ha convertido en el principal centro de investigación español del campo de las neurociencias, al ser “el más grande, el que más dinero tiene y el que más publica”. Y todo ello comenzó con jóvenes que “ahora mismo son científicos de primera fila a nivel mundial”, asegura.

 

Fichar buenos científicos para ser competitivos


En ese sentido, considera que también el INCYL, con una andadura más corta, tiene “el mismo potencial, hay gente joven muy buena” e investigadores con “reconocimiento internacional”. Sin embargo, reclama que “las universidades se convenzan de que tienen que fichar científicos para ser competitivas en el futuro, así habrá científicos de Alicante que vengan a desarrollar su carrera aquí y científicos de Salamanca que lo hagan allí y nos enriqueceremos mutuamente”.

 

En su opinión, la forma de mejorar en ciencia es incorporar buenos investigadores que entrenen a los científicos del futuro, pero se lamenta de que en España esa política sólo la estén siguiendo algunas universidades de Cataluña y el País Vasco.