Qué tienen en común los neandertales, el pájaro Dodo, los habitantes del imperio Maya y el pueblo Rapanui? Todos pasaron a la historia, extintos físicamente o como cultura. Los neandertales se extinguieron como especie, los pájaros Dodo fueron cazados hasta su desaparición, los mayas abandonaron sus ciudades a la selva y los rapanuis dejaron la isla de Pascua como una monda de patata calcinada y casi inhabitable. Se suele tomar a los últimos como ejemplo de las consecuencias de no vivir en equilibrio con la naturaleza. Yo quiero destacar que, por el contrario, los cuatro casos son modelos de equilibrio con la naturaleza. Sólo que el equilibrio estaba del lado de su extinción.
Nuestra especie vivió en razonable equilibrio con la naturaleza hasta hace un par de siglos. Aunque nos habíamos desembarazado del pelo protector de nuestros más remotos ancestros y ya no caminábamos encorvados, todavía manteníamos unas formas de vida del gusto de madre Gaia: mortalidad infantil abrumadora, esperanza de vida de unos 40 años, dolor y fiebre como compañeros inevitables, además de las ratas, y una buena selección ocasional a base de epidemias y hambrunas, para mantener la población superviviente en equilibrio con su capacidad de captación, producción y aprovechamiento de recursos. La esforzada actividad de los médicos y chamanes (una sangría por aquí, unos sahumerios contra los aires pestíferos por allá, unas cataplasmas de hierbas en los casos más piadosos, unas pizcas de mercurio o de arsénico por compasión) no conseguía perturbar el sistema natural.
Durante siglos la ingeniería romana y sus cloacas sanitarias mantenían focos de rebelión en las ciudades más adelantadas, pero un buen tratamiento con tifus o peste bubónica hacían verdaderos milagros de restauración del equilibrio ¡Estos romanos! ¡Los mismos que tenían al borde de la extinción a las sabrosas cañaíllas (moluscos del género murex) para producir, con una tecnología literalmente pestilente, el preciado colorante púrpura de Tiro, empeñados además en no extinguirse ellos mismos con sus culturas ciudadanas! ¡Mira que empecinarse en vivir como en Roma!
La primera puñalada al equilibrio natural vino de la mano de unos apacibles frailucos campestres y aparentemente ecologistas (los franciscanos: “hermano sol, hermana luna, hermano lobo…”), que en su aislamiento pastoril destilaban y extraían licores de toda hierba que pudieran echar al puchero y en ellos, sin saberlo, principios medicinales. Pero otros tipos venían atacando por muchos flancos la más fuerte defensa del equilibrio natural: la ignorancia; y pese a que la naciente democracia representativa rebanó el pescuezo a uno de los cabecillas (Lavoisier) con aquel equilibrante invento abanderado en la Asamblea Constituyente Francesa por el doctor Guillotin, llegó un momento en que no hubo quien contuviese el parto de la bestia naciente: la Química moderna.
Nadie supo nunca lo que lo agradeció la cañailla.Pasteur dijo a finales del siglo XIX que nos bebíamos el 80% de nuestras enfermedades (para evitarlo se aconsejaba beber sólo vino y cerveza). Probablemente otro 15% nos las inyectaban los mosquitos. Entre la mejora nutricional, la cloración del agua y la erradicación de los mosquitos, en los primeros 50 años del último siglo la esperanza de vida pasó en USA de 50 a más de 70 años, con la colaboración de esos enemigos del equilibrio ya felizmente desenmascarados en nuestros días: los abonos químicos, los pesticidas, el cloro y el DDT. Y encima no se moría el 50% de los niños al nacer. El desequilibrio con la naturaleza estaba servido.
Vivimos rodeados de esa ominosa telaraña: en nuestras ropas, en nuestras máquinas, en nuestros teléfonos móviles, en nuestras cocinas, ¡en nuestros propios cuerpos! Nos mantiene lozanos y saludables y mantiene a los viejos con vida, en razonables condiciones, más allá del equilibrio, a base de productos químicos de síntesis (naproxeno, levodopa…); tras el dulce nombre de “ciclamato” oculta el de ciclohexil sulfamato (E952); … hasta la popular aspirina, analgésico, antipirético, antiagregante plaquetario, antiinflamatorio, resulta ser otro producto químico totalmente sintético, ni siquiera limitado por la disponibilidad de sauces a los que arrancar la corteza. ¡¿Y no ponemos coto a todo este desequilibrio?!
No he dormido esta noche, desvelado por la inquietante situación. Tal vez debiéramos volver a las pestes, a las plagas, a las hambrunas, a las fiebres, al dolor, a la muerte temprana, a la suciedad, a la ignorancia, … al equilibrio, ¿qué opinan? Miro el prospecto del CARDURAN NEO (4 mg) que regula mi tensión arterial y encuentro allí, escondido, el huevo de la bestia. Leo: doxazosina ¡Dios, suena terriblemente químico! ¡Y yo que creía estar tomando un medicamento!