Ciencia México , Distrito Federal, Lunes, 21 de septiembre de 2009 a las 18:59

La UNAM desarrolla un método diagnóstico de la neurocisticercosis

Se estima que en México aproximadamente cinco millones de habitantes sufre cisticercosis, y 80 por ciento de ellos tienen el parásito alojado en el cerebro

UNAM/DICYT En México existen aproximadamente cinco millones de individuos con cisticercosis, y de ellos, casi del 80 por ciento tiene los cisticercos alojados en el cerebro. Según la Secretaría de Salud, tres de cada 100 personas con problemas neurológicos padecen neurocisticercosis, y una de cada 100 fallece por esa causa. Ante ello, un grupo de investigadores del Instituto de Fisiología Celular (IFC) de la UNAM, encabezado por José Luis Molinari Soriano, creó un método para diagnosticar la neurocisticercosis cuando los parásitos están viables, sin necesidad de recurrir a la resonancia magnética o a la tomografía computarizada, técnicas costosas practicadas en hospitales especializados.

 

La neurocisticercosis es considerada una de las enfermedades neurológicas más peligrosas; es provocada por cisticercos, larvas del cestodo Taenia solium, conocido también como “solitaria”, que en estado adulto llega a medir más de 12 metros de longitud y habita en el intestino humano, donde elimina sus huevos que son expulsados con la materia fecal.

 

El parásito adulto no tiene sistema digestivo, tiene una cabeza, un cuello y un cuerpo formado por una serie de segmentos, cada uno de los que contiene testículos y ovarios. Los segmentos más alejados de la cabeza son los que maduran más rápido, y una vez que llegan a ese punto, se separan del cuerpo con miles de huevos en su interior y salen al exterior en el excremento de la persona. Cuando se ingieren alimentos contaminados, los huevos del parásito llegan al estómago, pierden su cáscara por la acción de los jugos gástricos; entonces pasan al intestino delgado y sufren la acción de la bilis y del jugo pancreático, que barren las grasas que cubren la bolsa con el embrión en su interior.

 

Ese proceso permeabiliza la membrana y permite el paso de agua y nutrientes al interior, lo que activa al embrión que, con sus seis ganchos, rompe el recubrimiento y sale al intestino. Posteriormente, con ayuda de sus enzimas proteolíticas y ganchos, rasga la pared intestinal hasta encontrar una vena o arteria, que también perfora; en la corriente sanguínea viaja a diferentes tejidos de ojos, cerebro, corazón y subcutáneo, donde se instala y desarrolla hasta alcanzar su estado de metacestodo o cisticerco. En la neurocisticercosis, después de cuatro o cinco años de infección los parásitos fenecen y el cuadro clínico del paciente se inicia; los síntomas más comunes son dolores de cabeza, ataques epilépticos y, en casos extremos, demencia y muerte.

 

Producción de anticuerpos


Para obtener los antígenos, con los que desarrollaron su nuevo método de diagnóstico, los investigadores universitarios trabajaron en el laboratorio con cerdos cisticercosos. Primero, disecaron los parásitos y luego los colocaron en un medio de cultivo, para que secretaran proteínas. Con la prueba denominada inmunotransferencia detectaron tres antígenos en esas secreciones.


“Se desarrolló el nuevo método de inmunodiagnóstico de la neurocisticercosis a partir de los antígenos producidos por los cisticercos de T. solium en tubos de ensayo. Se partió de la idea de que en un ser humano parasitado los cisticercos vivos secretan esas sustancias en el cerebro, músculos u otro tejido donde se instalen, de manera que el huésped (el paciente) las considera extrañas y empieza a producir anticuerpos”, explicó Molinari Soriano.

 

Un antígeno puede ser una proteína o un carbohidrato extraño, que al entrar en un organismo (por lo general mamífero) induce la producción de anticuerpos. En el caso de la neurocisticercosis, los anticuerpos contra T. solium se pueden encontrar en el líquido cefalorraquídeo y en la sangre del huésped.

 

Los antígenos obtenidos por los investigadores no se habían reportado en la literatura científica como útiles para el diagnóstico inmunológico de ese padecimiento. “Suponemos que una parte de los cisticercos que se emplean en otras investigaciones, o incluso en diagnósticos, podrían provenir de cerdos añosos con una infección antigua; además, muchos antígenos usados en la práctica diagnóstica se obtienen del tejido de los parásitos (antígenos somáticos).

 

“En otras palabras, cuando los cisticercos mueren en los tejidos de personas con cisticercosis, las proteínas somáticas se desprenden e inducen la formación de anticuerpos; de ese modo, cuando se hace un diagnóstico inmunológico con estos antígenos, lo que se reconoce son los anticuerpos que reaccionan contra los antígenos somáticos”, explicó.

 

Para la investigación, prosiguió el universitario, se emplearon cerdos de seis a 12 meses de edad, con infecciones recientes; es decir, antígenos producidos por animales vivos, reconocidos por anticuerpos específicos. En un hospital que carece de una infraestructura de imagen se podría hacer un diagnóstico acertado sólo con una muestra de líquido cefalorraquídeo de pacientes con cisticercos vivos y con los antígenos mencionados, lo que permitiría al médico decidir qué tratamiento específico aplicar.

 

 

Este método, aclaró, no sustituye las imágenes de resonancia magnética ni de tomografía computarizada, fundamentales en el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. "Nuestro método podría ser útil en regiones pobres como la sierra de Guerrero, donde no se cuenta con equipo de resonancia magnética ni tomografía computarizada, muy costosos”, especificó Molinari Soriano.

 

Con los antígenos obtenidos en el laboratorio es posible monitorear la evolución de un individuo enfermo; cuando los cisticercos mueren, las secreciones de antígenos cesan y, por lo tanto, ya no se producen anticuerpos, y los que aún existen, poco a poco, disminuyen hasta que desaparecen. Molinari Soriano y sus colaboradores buscarán producir esos antígenos en el laboratorio mediante ingeniería genética. Este desarrollo científico fue publicado en la revista inglesa Annals of Tropical Medicine and Parasitology en 2004.

 

Fuentes de contagio

 

Las principales fuentes de contagio de la cisticercosis son los alimentos contaminados con huevos de T. solium, provenientes de seres humanos con taeniasis; también por la ingesta de carne de cerdo cisticercosa mal cocida. Un adulto contaminado se convierte en un foco de infección porque arroja en el excremento de 50 mil a 100 mil huevos del parásito cada tercer día (puede contagiar a otras personas si no se lava las manos antes o después de ir al baño, o antes de preparar alimentos). En las zonas rurales, los cerdos llamados de traspatio son los que corren mayor riesgo, porque se alimentan de las deyecciones humanas.