Ciencia Panamá , Panamá, Jueves, 14 de julio de 2016 a las 10:49

Leyendo la historia en los huesos

Investigaciones arqueológicas del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI)

STRI/DICYT Nicole Smith-Guzmán muestra un pequeño hueso de mandíbula inferior y menciona que pertenecía a un niño de siete años, criado con una dieta azucarada a base de maíz. Aunque el niño murió hace más de 1,500 años, se puede determinar su edad hasta unos seis meses en función del número y el tamaño de los dientes de leche en comparación con los permanentes. Smith-Guzmán señala varios signos de enfermedades dentales—unas caries, un absceso en el hueso de la mandíbula, el hoyo que queda luego de perder un diente de leche con el hueso cicatrizado antes de que el diente permanente emergiera. En la mandíbula de otra persona, los dientes sugieren que la mandíbula nunca creció a su máximo potencial, ya que sólo mordía comida suave y blanda. En otro conjunto de dientes, hay muestras de sarro, que puede contener restos vegetales e incluso rastros de bacterias bucales.

 

“Los no especialistas a veces cepillan estos dientes equivocadamente, borrando datos valiosos,” nos comenta. Smith-Guzmán es el tipo de especialista para quien tales detalles como las anomalías esqueléticas y dentales son importantes. Ella excava, identifica y cura antiguos restos óseos humanos, pero también hace análisis médicos comparativos sobre las muestras para determinar signos de la salud y de las enfermedades. Como bio-arqueóloga, su experiencia abarca desde la anatomía a la patología de las enfermedades y desde la antropología biológica a la arqueología.

 

Como estudiante de post doctorado en el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales (STRI), Smith-Guzmán divide su tiempo entre dos proyectos principales. Uno es el de llevar a la altura de los estándares internacionales de curación los restos óseos surtidos que están almacenados en el Laboratorio de STRI en Isla Naos. Algunos de los restos fueron encontrados originalmente en hoyos cavados por saqueadores, despojados del contexto cultural de sus sitios de enterramiento original. Otros fueron donados al laboratorio e incluyen restos de varias personas mezcladas en las mismas cajas de almacenamiento. Alrededor de 400 esqueletos adicionales proceden de las excavaciones llevadas a cabo en los años noventa, dirigidos por el científico de STRI Richard Cooke en el sitio arqueológico Cerro Juan Díaz—los huesos de la mandíbula que Smith-Guzmán está catalogando actualmente proceden de una tumba masiva que contenía dieciocho personas.

 

El otro proyecto de Smith-Guzmán se sumerge en una interrogante de investigación más específica. Nos muestra un cráneo que reconstruyó a partir de fragmentos, señalando un inusual aplanado en la parte posterior de la cabeza, una señal de modificación craneal artificial. Tiene curiosidad por saber si este tipo de modificación corporal significó el estatus o la ocupación de una persona en las antiguas sociedades panameñas, y si fue ampliamente practicada por personas en la región, o aislado a ciertas comunidades. Esto es un rompecabezas, no sólo de un solo cráneo roto o de los restos desordenados de muchos cuerpos revueltos, sino comparar los esqueletos de diferentes sitios geográficos y puntos en el tiempo—trabajo que se hace más difícil debido a que los suelos ácidos de los trópicos literalmente borran la historia al disolver los huesos y otros materiales orgánicos.

 

“En los sitios antiguos, frecuentemente no queda nada de restos humanos,” comenta Smith-Guzmán, y en algunos sitios más recientes, “Los huesos pueden ser de la consistencia de la mantequilla, haciéndolos casi imposibles de extraer del suelo.”

 

A pesar de estos desafíos, las recompensas de estudiar los huesos humanos van desde eventos de “una vez en la vida,” como encontrar un tumor óseo, a la observación de características en toda la población, como el efecto de la dieta rica en azúcar en la calidad de los dientes, o la prevalencia de enfermedades bacterianas como la sífilis o la frambesia, que dejan efectos distintivos en los huesos y que requiere años de práctica para poder identificarlas con certeza. “Nuestro campo de estudio está mejorando constantemente, con nuevas tecnologías y descubrimientos clínicos,” comenta Smith-Guzmán. “Es un proceso de aprendizaje permanente.”