Ciencia Argentina , Buenos Aires, Miércoles, 01 de diciembre de 2010 a las 14:22

Los parásitos como bioindicadores de contaminación

Parásitos como los helmintos se alojan en los peces. Muchos de ellos, por su sensibilidad, indican alteraciones ambientales de manera más temprana que otros organismos

INFOUNIVERSIDADES/DICYT Utilizar los parásitos de varios peces como indicadores de la presencia de contaminación es la propuesta que realizó un grupo de investigadores para incluir en un proyecto de monitoreo integral del estuario de Bahía Blanca. De esta manera, puede sumarse una nueva forma de medir el impacto que provoca un gran polo petroquímico en la zona portuaria. 

 

Infinidad de organismos comúnmente imperceptibles, como las tenias y los piojos, existen dentro o encima de otros seres, de los que obtienen refugio y nutrientes. Los peces de este ecosistema no son la excepción, ya que tienen -generalmente en su sistema digestivo- varias clases de parásitos.

 

Los investigadores exploran la presencia de metales pesados en “helmintos”, unos parásitos que infectan los organismos de otras especies. Se trata de invertebrados de tamaño variable, entre décimas de milímetros y varios metros, y que se sitúan en los niveles inferiores del reino animal. Uno de los helmintos más conocidos por la población es la tenia (Taenia solium), o “lombriz solitaria”.

 

“Las especies parásitas que se encuentran en los peces permiten establecer sus patrones de migración espacial, dilucidar parentescos evolutivos, o conocer componentes de la dieta. Una aplicación novedosa del conocimiento parasitológico es elegir algunos que, por su sensibilidad al impacto de agentes contaminantes -metales pesados, hidrocarburos o contaminación orgánica-, puedan indicar alteraciones ambientales de manera más temprana y precisa que otros organismos más complejos”, indica a InfoUniversidades el doctor Daniel Tanzola, del Laboratorio de Patología de Organismos Acuáticos de la UNS.

 

Desde hace dos décadas y junto a sus colaboradores, Tanzola realiza estudios de este tipo en peces locales, para correlacionar la presencia de parásitos con efectos de contaminación orgánica -lo que en ecología se denomina “eutrofización”- originada por la actividad humana.

 

“En la actualidad, contamos con numerosos ejemplos del uso de parásitos como ‘centinelas’, gracias a su capacidad de absorber y acumular mayor cantidad y variedad de contaminantes que sus hospedadores. Si bien un pez puede acumular en sus tejidos un determinado compuesto químico, sus parásitos pueden detectarlo y absorberlo, aun cuando éste se encuentre diluido miles de veces más. De tal modo, se convierten en organismos altamente sensibles para medir contaminación y al absorber de manera competitiva determinados agentes tóxicos, protegen a su hospedador o atenúan en él la acción del impacto”, agrega el científico.

 

En el estuario bahiense, estudian las dinámicas de las poblaciones parasitarias. Si bien se han apreciado ligeras variaciones, aún están analizando si responden a algún contaminante en particular. “Para que sean representativos, estos trabajos deben tener un ciclo continuado de al menos cinco años”, asegura el investigador. No todas las variaciones pueden ser por contaminantes. También hay casos comprobados de algunas que tuvieron que ver con fenómenos macro climáticos, como “El Niño” u otras causas naturales. “Las profundas sequías que hemos tenido generan alteraciones ambientales y eso repercute en organismos muy sensibles como los parásitos”, detalla.

 

Especies estudiadas

 

Si bien las especies más consumidas por la población son la pescadilla y la corvina, son peces migratorios; por lo que las investigaciones las realizan con un pez residente del estuario. Se trata de la lucerna o “sapito de mar”. Según explica Tanzola, fue elegida por su permanencia y porque vive semi enterrada en el fondo de la ría. “Si existen contaminantes o un estrés ambiental que se deposite en los barros, este pez y sus parásitos podrían ser buenos indicadores”.

 

Además de éstas, otras especies estudiadas a lo largo del tiempo son el gatuzo, el mero, el pejerrey, la palometa y el congrio. También la brótola, los lenguados y las rayas. “Siempre que se persiga utilizar especies parásitas como bioindicadoras de la salubridad de cualquier ecosistema, se deberá, en primer lugar, realizar una evaluación completa del mayor número posible de especies parásitas (idealmente, todas) que existen en los peces de ese ambiente”, agrega la doctora Silvia Guagliardo, integrante del mismo Laboratorio.

 

Los investigadores usan metodologías comparativas en sus análisis, ya que los datos obtenidos sobre la ría local son comparados con otros de Bahía San Blas, donde no existen asentamientos industriales. Las muestras se toman de peces que obtienen en sus propias campañas, como de otros donados por varias pesqueras de la zona.

 

Una vez en el laboratorio, se toman muestras de sangre y tejidos renal y esplénico, donde se buscan marcadores inmunológicos de contaminación. Luego, los ejemplares se evisceran completamente y se investigan los parásitos en órganos como el tubo digestivo, la cavidad visceral, el hígado y las gónadas. Los parásitos son estudiados taxonómicamente mediante el empleo de criterios morfológicos y ultraestructurales. Se analizan sus efectos histopatológicos y el impacto en la condición de salud de los peces.